• Nathalia Paolini

Permíteme que Objete

Éste fin de semana he preguntado en mis historias de IG si se sabía lo que era la Objeción de Conciencia. Contestaron bastante pocos en relación con la cantidad de personas que vieron la historia, pero entre los que contestaron la mayoría lo sabía. No sé si pensar si el resto que ignoró la pregunta lo hicieron por desinterés o porque no querían decir que lo no sabían. Da igual en realidad.


Tanto si lo sabéis como si no, os lo escribo tal como sale en la wiki:


"La objeción de conciencia es la negativa a acatar órdenes o leyes o a realizar actos o servicios invocando motivos éticos o religiosos.


Desde una ética racional que considera que el individuo debe responder en primer lugar al tribunal de la propia conciencia, la objeción de conciencia se define como un derecho subjetivo a resistir los mandatos de la autoridad cuando contradicen los propios principios morales.


De alguna manera, entronca con otras figuras de desobediencia al derecho, especialmente con la desobediencia civil y, de manera aún más alta, con el denominado derecho de resistencia a la opresión, proclamado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano al inicio de la Revolución francesa (1789)"



Hace 8 meses y contando que estamos en ésta montaña rusa llamada Coronavirus. Hemos pasado por todos los estados emocionales posibles en situación de peligro: el miedo, la rabia, la vulnerabilidad, la angustia, la confusión.


Hemos visto negocios cerrados, quebrados o disminuidos a su mínima capacidad. El arte y la cultura se mantienen aferrados como Jack a la tabla sobre la cual flota Rose. Una Rose que puede llamarse "economía" "salud" o cualquier otro eufemismo que parezca más importante o mucho más fácil de controlar que el arte.


Hemos visto o escuchado sobre gente que ha muerto, a veces como consecuencia del virus y otras veces en accidentes o a causa de otra enfermedad, pero da igual porque todas parecen estar en el mismo saco.


Hemos entrado en paranoia, nos hemos quedado sin empleo y a merced de ayudas que no alcanzan para todos (en caso que vivas en un país donde existan ayudas) alegoría de las camas de los hospitales cuando no entraban todos en las UCI ( en caso que vivas en un país donde hay hospitales)


Nos hemos acostumbrado a la mascarilla y hasta la compramos para que hagan juego con nuestro atuendo, tenemos 3 o 4 o 20. Nos habituamos no abrazar a los demás, al gel hidro alcohólico, a las video llamadas, al teletrabajo. Hemos hecho de nuestra casa una oficina, un restaurante, un gimnasio, un salón de clases, un cine.


Nos hemos creído las noticias, los bulos, nos hemos reído de los memes. Hemos escuchado hablar a los presidentes, los ministros y toda la corte política. Hemos criticado sin demasiada convicción, hemos sido obedientes, pacientes, pasivos; un ejemplo de ciudadanía. Hemos aplaudido en los balcones, le reclamamos en la calle a quien no lleva la mascarilla porque creemos tener la suficiente potestad de hacerlo, de señalarlo y decirle "tú eres un inconsciente y yo si soy un buen ciudadano" Se ha instaurado una nueva forma de juicio.


Y sólo han pasado 8 meses.


Y el ruido no se calla.


Y nos decimos " hay que seguir" "la vida continúa" porque claro, no podemos pararnos a pensar: hay que buscar el trabajo, el dinero, pagar la casa, la comida, velar por la familia, los niños que ya están y los que vienen.


Y la angustia permanece y el "no sé a dónde voy pero voy" no puedo ver bien el camino pero si paramos morimos. Como caballos en estampida, asustados y con gríngolas, vamos hace adelante sin preguntarnos qué es lo que hay.


¿Hemos vuelto a la caverna o puede que nunca hayamos salido? vemos las sombras de lo que es el mundo, pero no vemos al mundo. No podemos plantearnos lo que hay ahí fuera porque de todas maneras no sabemos que hacer con ello... entonces decimos " vale, si es por el bien común..." y yo me pregunto ¿ Cuánto hace que la sociedad tan altruista?


Aceptamos, callamos o nos quejamos por lo bajito. Pero no nos atrevemos a decir que NO, que esto se acaba aquí. El miedo a enfermar y a morir nos tiene mudos. No queremos contagiarnos y en muchos casos contagiarse es casi un lujo porque no podemos pagar el alquiler con una PCR positiva.


Escribió Bertold Brecht en “Las historias del señor Kremer”:

“En tiempos oscuros llegó un agente de los gobernantes a casa de un hombre que había aprendido a decir no. El agente reclamó como suyas la casa y la comida del hombre y le planteó: ¿me servirás de criado? El hombre lo acostó en la cama, lo cubrió con una manta, lo vigiló durante el sueño y le obedeció durante siete años. Jamás dijo una palabra. Una vez que pasaron los siete años, el agente, que había engordado a fuerza de comer, dormir y dar órdenes, murió. El hombre lo envolvió en la manta raída, lo arrojó fuera de la casa, limpió la cama, pintó las paredes, suspiró de alivio y respondió: NO. Tengamos el coraje de saber decir NO”.


De pronto a mi cabeza salta, así de la nada, la frase " Objeción de Conciencia". Aunque se aplica más a situaciones que tiene que ver con la libertad de religión, la deserción militar o ética médica, también tiene que ver con la libertad de pensamiento, cuando los hechos contradicen los propios valores.


No sé vosotros, pero creo que si hay algo que defender en ésta vida es la libertad. Y lo que no estamos queriendo ver es que poco a poco esa libertad está siendo menguada. Y no me refiero solo a la libertad de ir a un bar o a una discoteca o a andar por la calle a la hora que te de la gana. Me refiero también a la libertad de pensar por nosotros mismos.


Si la mayoría nos sentimos manipulados, cansados, vulnerados, maltratados, controlados, pero nos dicen que es por nuestro bien y nos quedamos con ello, nos entregamos irremediablemente a la opresión.


Quizá no tenemos la posibilidad de luchar contra el fantasma gigante que no podemos ver, hay demasiada información a la que no tenemos acceso, somos hormigas yendo de un lado para otro con su pedacito de "algo" encima. Pero como individuos tenemos la opción de disentir y decir NO, de actuar desde nuestra trinchera.


Ningún cambio social o político promovido por civiles ha sido fácil, ni rápido. No estamos en igualdad de condiciones. Pero no por eso tenemos que acostumbrarnos y ceder ante el control y la manipulación.


Queda de parte de cada uno pensar qué es lo que podemos hacer y dónde marcar el límite. Qué podemos aportar y dejar de mirarnos el ombligo, que allí no se esconde el mundo.




Las piedras más grandes no pueden quedar bien asentadas sin contar con las más pequeñas (Platón)



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