• Nathalia Paolini

La pausa

Ella siempre ha sido introvertida, pero no de esas de manual que no habla con nadie y le aterra el contacto humano. Al contrario, su introversión se agazapa bajo la fachada de un temperamento colérico.


Cuando todo empezó sintió una especie de alivio inconfesable, por fin podría estar a solas, dejar libre su misantropía y dedicarse a cosas realmente importantes, es decir, todas aquellas que hace tiempo había abandonado para atender las cosas urgentes.


Conforme fue pasando el tiempo se sentía más a gusto. Iba y venía por los rincones de la casa, esa casa que albergaba recuerdos que poco a poco se iban difuminando mientras los objetos cambiaban de lugar, era como pasar un borrador y sobrescribir el espacio, ahora más cercano a su propio mundo, sin concesiones ni perfecciones.


Las paredes se iban llenando de colores, algunos más tenues otros más vibrantes, el blanco desapareció por completo. Las imágenes se concentraban espontáneas y felices en lugares añorados desde hace tiempo, pero que la tolerancia del compartir había apilado en una sola habitación.


Valerio, su gato azul ruso observaba con cierta indiferencia el trajín, pero se acercaba curioso a olisquear los nuevos objetos que iban saliendo de cajas olvidadas en el trastero. A ella le pasaba algo similar cuando se reencontraba con aquellos vestigios de vidas pasadas que conservaba como tesoros valiosos, recordatorios de que se puede ser feliz con poco y de que no es necesario aburrirse para ser adulta.


A medida que iba sacando cosas de las cajas recordaba momentos importantes, personas especiales y experiencias que nutrieron su alma ¿Cómo era posible que se hubiese olvidado de ellos? y a medida que las cajas se iban vaciando ella se iba llenando, apropiándose de sí.


Las mismas cajas sirvieron para desechar las cosas que aunque le pertenecían ya no se parecían a ella, constantemente se preguntaba en qué momento las había adquirido, ¿qué persona podía querer algo así? ella sin duda ya no lo era.


Pasaban las semanas y la casa adquirió un nuevo aire, fresco, renovado y alegre. Pero sobretodo confortable, libre, que tenía mucho más que ver con ella. Por fin estaba en casa. Ponía la música que le apetecía, apagó para siempre la tele y se dejó invadir por sensaciones olvidadas.


Para ella el mundo había recobrado la forma, era capaz de entender hacia dónde mirar y a lo que no era necesario volver. La vida puede ser muy simple cuando los otros no interfieren.


Por eso, cuando recibió la llamada no supo que contestar. Había decidido desintoxicarse de hábitos, personas, vicios. De vez en cuando hablaba por teléfono con su madre para evitar preocupaciones innecesarias. Sus amigas cercanas sabían que si ella quería hablar las llamaría, la conocen y saber darle su espacio. Y los demás, los demás estaban de más.


Pero el teléfono de casa sonó y resultó extraño. Sabía que no eran llamadas spam porque había bloqueado todos los números de llamadas comerciales. Su número era privado y pocos lo tenían, en seguida pensó ¿habrá pasado algo? y una punzada caliente le lastimó el estómago.


El timbre del teléfono era antiguo, porque también lo era el aparato, había podido conservar el teléfono de su abuela, grande, negro y anclado a la pared. Le parecía un objeto maravilloso y se esmeró en hacerlo funcionar nuevamente. Un capricho que le costó bastante hacer realidad en vista de la adicción a la modernidad minimalista del anterior co-ocupante de la casa.


El sonido ronco le preguntaba incesantemente si iba a contestar. Ella estaba parada delante, a unos pocos metros, no sabía que responder. De pronto se hizo silencio y ella suspiró con un dejo de alivio que duró poco. En seguida el teléfono volvió a reclamar su atención y parecía hacerlo con más premura.


Ella se acercó con pasos lentos, un poco titubeantes. Al descolgar el auricular le parecía como si estuviese levantando el disco más pesado de su antiguo gimnasio, ese que levantan unos tipos tan fuertes que no pueden cruzar los brazos delante de ellos y que chillan de esfuerzo en cada movimiento, como en un orgasmo doloroso y poco placentero, si es que eso es posible.


Casi en cámara lenta llevó el auricular a su oído izquierdo, tomó aire y habló con una voz trémula, que no se atrevía casi a salir : "¿si?"


La voz de su amiga Laura sonó del otro lado, también sus palabras tardaron en escucharse, como si buscara la mejor manera de decirlo, hasta que -sin encontrarla- se resignó a decir:


"Soy yo... ya ha terminado"







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